Hoy me han multado por estornudar en la calle (de un escrito del 2005)



De adolescente me subí al Ponte Dei Sospiri creyéndome una heroína del XIX. Intenté dejar caer alguna lágrima, imité alguna pose... pero nada. Yo no era ni heroína ni mucho menos romántica. Tenía en la mente lo que tienen los salvajes de diecisiete años.

Recuerdo que pensé, eso sí, que me gustaría volver a aquel lugar con una chica. No una cualquiera, claro, tenía que ser mi chica. Unos cuantos años después, me sucedió lo mismo en París, ciudad en la que me llovió lo que no se podría contar. También pensé que estaría bien volver acompañada allí.

En París sí que me puse romántica del XIX. Ya tenía más lecturas. Y más años.

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Al final todo sucede cuando ha de suceder.

El amor es la estrella de cualquier nave vagabunda, y su valor es ignoto, por más que el sextante trate de medirla. Lo dijo o lo escribió Shakespeare no sé ni cuándo ni dónde, pero seguro que fue él.

Y esta frase, desde que la descubrí ayer, se me ha quedado en lo más hondo.

Como cada vez que recupero esta maravilla...

Dieciocho agendas



El año de las Olimpiadas en Barcelona, 1992. Yo, adolescente perdida. Con una muerte cercana todavía en los párpados. Descubriendo a los poetas simbolistas y a Kavafis. A los Pixies y las cervezas los viernes al mediodía. Con un medio novio, medio teddy boy, medio rocker.

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Han pasado dieciocho años. Ni uno solo de todos estos años he dejado de imaginar qué pasaría cuando volviéramos a encontrarnos. Las preguntas que haríamos, los gestos, el tono de voz, la ropa, las canas, los zapatos.

Dieciocho años es mucho tiempo. Una carrera universitaria. Hijos. Trabajos varios. Enfermedades. Más muertes. Desengaños. Hogares por estrenar. Amigos perdidos. Amigos recuperados. Confesiones. Mentiras. Dieciocho agendas. Amantes. Besos. Orgasmos. Demasiados hoteles.

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Y por fin hoy, martes 17 de marzo, a las 9:15 AM, la he encontrado, cuando menos la buscaba. Y todo lo planeado, lo imaginado, lo recitado, lo vomitado, lo entrenado... no ha servido de nada. Me he sentido pequeña y mal peinada. Así lo resumo.

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Cada día voy en bici una hora y media, cuarenta y cinco minutos por la mañana y cuarenta y cinco por la tarde. He descubierto que en bici se piensa muy bien, que el sol te da mejor en el rostro y que una misma pocas veces se traiciona a una misma.

Ha sido un día muy raro. Ahora no sé cómo sentirme ni cómo describir todo esto. Me siento tan torpe que me asusta.

"Smack My Bitch Up" (1997)

Yo es que lo de la censura nunca lo he comprendido. Unas cosas se consideran censurables y otras, sorprendentemente, se dejan pasar por alto.

Lo comento para mostrar lo harta que estoy de buscar el vídeo de Prodigy que incluyo más abajo porque siempre lo acaban censurando. Probad a subirlo a youTube, por ejemplo, y veréis qué pronto os lo suprimen. Sin embargo, es tan fácil hallar vídeos de críos pegando a otros en clase, o insultando a profesores...

Este videoclip no envejece. Para mí, es un ejemplo fenomenal de creación audioviosual. Por mucho motivos que no enumero para no "destripar" la historia.

Que aproveche. Ayer estuve bailando la canción como una cría.

Ella me enseñó lo sexys que suenan las escobillas de jazz



Es la primera noche que duermo sola aquí sin ella, desde que vivimos juntas. La nieve, que se suponía romántica, ha resultado un obstáculo de tráfico, cadenas y desencuentros. Escribo en directo porque tengo insomnio, porque desearía que ella pudiera leerme como cada día. Y, aunque sé que no es posible, me resisto y escribo. El tercer pitillo y no sé si ponerme una copita de Baileys. Venga, sí, me la sirvo. Ahora vuelvo.

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Tan colgada estoy que he grabado un mini programa de radio, creyéndome una de esas presentadoras de Radio3 que tanto nos gustan. Para entretenerme. Como regalo. Esa emisora -Radio3- da igual a que hora la escuches porque siempre parece que sea de madrugada. Como las canciones de Chet Baker, siempre suenan a insomnio, a ojos cansados, a copa en la mesa, a cierto desorden, a cenicero casi lleno, a texto torturado...

Hacía mucho tiempo que no escribía en directo. No recordaba cuánto me gusta. Tal vez me había olvidado de ello o puede que la vida real me estuviera ganando la batalla. Volver a las cosas que nos han acompañado siempre -o creemos que desde siempre- me hace sentir segura. Tengo las manos frías. Cuarto pitillo.

Si suena Chet no me siento sola. Nunca pensé que su ausencia me iba a pesar tanto en una noche como ésta. Ni dramatizo ni exagero. No es dependencia, es algo que ya no sé definir. ¿Cómo voy a dormir esta noche? ¿Cómo vivía yo antes de esta historia?

He aquí la gran pregunta. Se asoma la detective y me increpa con desgana, Carol, mírate, seducida por un cuerpo que te tiene hipnotizada. ¿Es que ya no sabes vivir sola como antes? En tu trono, reinando tú sola, como las grandes, como las tipas que llevan gafas de sol sólo en invierno.

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¿Y qué si no recuerdo mi vida anterior? Con ésta ya no necesito otra vida.

El quinto pitillo va a ser imaginario. Esta vez, contigo.

Las extrañas



Empezar cien cosas a la vez y no concluir ninguna. Pensar cien proyectos y no ser capaz de ver plasmado ninguno. Imaginar cien secuencias y no escribir ninguna.

Pero como bien dices, es peor no tener ningún plan.

Somos extrañas. Ni mejores ni peores. Extrañas. Ya me gustaría a mí quitarme estos ojos y mirar con otros algo más oscuros. He vuelto a fumar un poco, no sé en qué estaría pensando el día en que dejé de fumar del todo.

Me reúno con gente que alardea de todo lo que hace. Silencio. Me callo y me reprimo. Me evado y recuerdo canciones que sólo a ti y a mí nos hacen reír. Que si el mes que viene trabajaré con el señor tal, que si ahora colaboro con tal, que si tengo una beca para tal...

No es envidia. Nunca fui envidiosa. Pero me repatea la gente que alardea. La gente que alardea por alardear. Vuelvo a evadirme, me fumo un piti imaginario y canto en mi inglés perfecto de no academia.

Sigo yendo en autobús. No tengo coche. Conduzco algo mal. Una vez me equivoqué y pisé el pedal del acelerador bien fuerte. Pero esa vez tocaba pisar el freno. Me equivoqué y no iba sola.

Uno nunca va solo cuando se equivoca fuerte.

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Bien de interés cultural, ummm... en Madrid sí que saben.

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